Sigue llamando

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Y les dijo una parábola con este fin: que los hombres deben orar siempre y no desmayar. – Lucas 18:1

No hace mucho estaba dentro de casa llamando a mi mujer. Ambos estábamos en casa. El mismo techo, las mismas paredes, la misma dirección. Pero entre donde yo estaba y donde estaba ella, había varias paredes.

La llamé por su nombre. Nada. Volví a llamarla. Todavía nada. Sencillamente, no podía oírme desde donde estaba. Así que dejé de llamarla y me puse a buscar. Me moví por la casa, acortando la distancia que nos separaba, hasta que por fin la encontré y pudo verme.

Lo que me sorprendió después fue lo familiar que resulta eso en la Oración.

Hay momentos en la vida de oración de todo creyente en los que gritamos y el silencio al otro lado parece absoluto. Rezamos la misma Oración. Volvemos a la misma necesidad. Invocamos el mismo nombre. Y parece que nada vuelve. No es que hayamos dejado de creer. Es que los muros entre donde estamos y donde parece estar Dios parecen gruesos e inamovibles. Y al final llega la tentación, la tranquila sugerencia de que quizá deberíamos dejar de llamar.

Jesús contó una parábola específicamente para abordar ese momento.

Lucas 18 comienza con una de las declaraciones de intenciones más claras de todas las parábolas del Evangelio. Jesús no estaba siendo sutil. Contó esta historia «con este fin«, con un objetivo concreto en mente. Que los hombres deben orar siempre. Y no desmayar. La palabra desfallecer conlleva la idea de desanimarse. Cansarse. Dar por vencido antes de que llegue la respuesta.

Sabía que ésa sería la tentación. Así que la abordó directamente.

La parábola que sigue describe a una viuda que acudía una y otra vez ante un juez injusto con su petición. No acudió una vez y se marchó cuando no ocurrió nada. Acudió con insistencia, repetidamente, sin darse por vencida. Y al final el juez respondió, no por compasión, sino simplemente por su persistencia. Jesús establece un contraste: si un juez injusto responde a la persistencia, ¿cuánto más responderá un Dios que ama a Sus hijos a los que claman a Él día y noche?

El silencio en la Oración no es lo mismo que la ausencia de Dios. Él está en la casa. No se ha ido a ninguna parte. Pero hay momentos en los que Él nos llama a acortar distancias, a profundizar en la oración, a persistir en lugar de retroceder, a seguir llamando incluso cuando el eco vuelve vacío.

Una Oración sin respuesta no es una invitación a dejar de rezar. Es una invitación a seguir adelante. A avanzar a través del silencio hacia Dios, que ya está ahí. A no dejar que la ausencia de una respuesta inmediata se confunda con la ausencia de Dios.

Sea lo que sea por lo que has estado rezando, la situación que no ha cambiado, la persona que no ha vuelto en sí, la puerta que no se ha abierto, la curación que aún no ha llegado: no dejes de llamar. Acorta la distancia. Presiona. Persiste.

Él está en la casa. Sigue llamando hasta que Le encuentres.


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