¿Sigue enchufado?

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Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. — Juan 15:5

Nunca olvidaré una vez en la que no lograba entender por qué algo en nuestra casa no funcionaba. El aparato era relativamente nuevo. No había nada visiblemente roto. Parecía completamente operativo. Revisé todo lo que se me ocurrió y probé todo lo que sabía probar. Pasaron los minutos. Nada. El aparato estaba allí, con el aspecto exacto de algo que debería estar funcionando y, sin embargo, sencillamente no lo estaba.

Y entonces encontré el problema. A unas cuantas habitaciones de distancia, el enchufe se había salido de la pared. En algún momento, en el transcurso de la vida diaria, la conexión se había roto: en silencio, sin drama, sin ninguna señal evidente de que algo hubiera cambiado. El aparato en sí estaba bien. El problema no era lo que yo podía ver. El problema era una conexión que yo no podía ver desde donde estaba. En cuanto el enchufe volvió a la pared, todo funcionó.

Jesús utiliza una de las imágenes más visuales de toda su enseñanza cuando describe la relación entre Él y el creyente. Una vid y sus ramas. La imagen se entiende de inmediato por cualquiera que haya visto crecer algo. Una rama conectada a la vid está viva. Está recibiendo alimento, produciendo hojas, dando fruto. Una rama que ha sido separada de la vid no lucha por producir fruto; sencillamente no puede. La vida que fluía por ella se ha detenido. Y todo lo que dependía de esa conexión empieza, silenciosa y gradualmente, a marchitarse.

La palabra que Jesús usa para lo que nos pide es permanecer. No es una palabra pasiva. Conlleva la idea de quedarse. De mantenerse. De hacer de ello un hogar. Es la imagen de una rama que no solo está técnicamente unida a la vid, sino profunda y constantemente conectada a ella. No una conexión casual. No una ocasional. Una continua, que no se va soltando sin que nadie lo note.

Y el resultado de ese permanecer no es esfuerzo. Es fruto. El desbordamiento natural, sin forzar, de una vida que está verdaderamente conectada a Cristo. La rama no se esfuerza por producir. Simplemente permanece conectada y la vid hace lo que hacen las vides: impulsa vida a través de la conexión y el fruto llega.

La última frase de este versículo es la más confrontadora. Separados de mí nada podéis hacer. No menos. No menos eficazmente. Nada. Todo esfuerzo hecho al margen de una conexión genuina y constante con Cristo, por impresionante que parezca desde fuera, por ocupado, activo y productivo que se vea, al final no produce nada de valor duradero para el reino.

Aquel aparato en nuestra casa parecía que podía funcionar. Estaba en perfecto estado. Nada en su aspecto sugería un problema. Pero la conexión estaba rota, y la apariencia era todo lo que tenía.

Es posible que la vida de un creyente se vea así. Ocupada. Activa. Religiosa por fuera y comprometida. Y, sin embargo, en algún punto del camino el enchufe se salió de la pared. El tiempo constante de oración se fue diluyendo. La Palabra se volvió ocasional. El permanecer se volvió esporádico. Y lo que desde fuera parece operativo está funcionando con nada.

La buena noticia es que la solución siempre es la misma. Encuentre dónde se rompió la conexión. Vuelva a ello. Vuelva a enchufarse. La vid sigue ahí. La vida sigue fluyendo. El fruto sigue siendo posible. Pero empieza por permanecer conectado.


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