Orando siempre con toda Oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos. — Efesios 6:18
Cuando era más joven, mi madre me apuntó a clases de artes marciales. No recuerdo mucho de aquellas pocas clases. Pero una cosa se me ha quedado grabada todos estos años. El instructor hablaba constantemente de la postura. Antes que nada, antes que la técnica, antes que el movimiento, antes de enfrentarse a un oponente, había que tener la postura correcta. Pies bien plantados. Cuerpo colocado. Siempre de frente al enemigo. La postura le decía a todos en la sala que usted estaba listo. Que sabía lo que estaba haciendo. Que estaba preparado para lo que viniera después.
La postura, dejó claro el instructor, lo era todo. Así que, cuando Pablo cierra el pasaje de la armadura de Dios en Efesios 6, merece la pena prestar atención a la postura que prescribe. Acaba de guiarnos por el cinturón de la verdad, la coraza de justicia, el calzado de la paz, el escudo de la fe, el casco de la salvación y la espada del Espíritu. Seis piezas de armadura. Y luego describe la postura que lo mantiene todo unido.
No es una postura ofensiva. Tampoco es una defensiva. Es una postura inclinada. Una postura de estar de rodillas. Orando siempre.
La Oración no es la octava pieza de armadura en este pasaje. Es la atmósfera en la que funcionan todas las demás piezas. Es lo que activa el cinturón, da poder a la coraza, da firmeza al calzado, levanta el escudo, asegura el casco y afila la espada. Un soldado completamente equipado con la mejor armadura que nunca se comunica con su oficial al mando es un soldado que opera solo. Y un soldado que opera solo en un campo de batalla está en mucho más peligro del que su armadura, por sí sola, puede protegerle.
La Oración es la línea de comunicación que mantiene al creyente conectado con Aquel que realmente gana la batalla.
La instrucción de Pablo es amplia en su alcance. Orando siempre. No solo por la mañana. No solo en los momentos difíciles. No solo los domingos. Siempre. Con toda Oración, de todo tipo, de toda forma, en cualquier circunstancia que la vida presente. Con toda perseverancia, sin rendirse cuando la respuesta no llega tan rápido como esperábamos. Y por todos los santos: una vida de Oración que se extiende más allá de nuestras propias necesidades para cubrir a las personas que nos rodean y que están librando la misma batalla.
Conviene recordar quién escribió estas palabras. Pablo estaba en prisión cuando redactó esta carta. El hombre que instruía a los creyentes a orar siempre era alguien cuyas oraciones no habían producido circunstancias cómodas. Había orado en medio de palizas, naufragios, encarcelamiento y pérdida. Su vida de Oración no era una fórmula para evitar la dificultad. Era el salvavidas que lo mantenía unido a Dios a través de cada dificultad a la que se enfrentaba.
Esa es la Oración que Pablo está describiendo. No la Oración del creyente cómodo que pide que las cosas sigan siendo agradables. La Oración del soldado que sabe que la batalla es real, que se ha puesto cada pieza de armadura disponible y que entiende que nada de ello funciona en su mejor versión sin una comunicación constante con el Comandante.
El instructor de artes marciales tenía razón. La postura lo es todo. Pero la postura que Pablo prescribe para el creyente en la batalla espiritual no es la base abierta de alguien listo para luchar con sus propias fuerzas. Es la rodilla doblada de alguien que sabe que la batalla le pertenece a Dios y que su mayor posición de poder se encuentra en la dependencia de Él.
Usted se ha puesto la armadura. Ahora adopte la postura. Póngase de rodillas. Permanezca ahí. Ore siempre. La armadura le prepara para la batalla. La Oración le mantiene conectado con Aquel que la gana.
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