Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí. – Salmo 51:10
Hay momentos en la vida en los que sabemos que necesitamos algo. Nos damos cuenta de que lo que ha sido ya no funciona. El mismo viejo enfoque está produciendo los mismos viejos resultados. Los mismos patrones siguen saliendo a la superficie. La misma distancia sigue volviendo. Necesitamos algo fresco y nuevo, y lo sabemos.
Lo difícil es admitir que no podemos producirlo nosotros mismos.
El Salmo 51 es una de las oraciones más sinceras de toda la Escritura. David lo escribió después de que el profeta Natán se enfrentara a él por su pecado. Ya no podía ocultarlo. Nada de manejar la situación o mantener las apariencias. Había fracasado de un modo innegable, y se presentó ante Dios completamente deshecho.
Merece la pena prestar mucha atención a lo que pidió en ese momento.
No pidió a Dios que le ayudara a hacerlo mejor. No prometió esforzarse más ni comprometerse con una nueva rutina. Pidió a Dios que creara en él un corazón limpio. Esa palabra no es casual. Es la misma palabra que se utilizó en Génesis 1 cuando Dios creó algo de la nada. David no pedía una renovación. Pedía la creación. Algo totalmente nuevo. Algo que sólo Dios podía producir.
Es una petición extraordinariamente humilde. Y extraordinariamente honesta.
Hay una versión de la vida espiritual que depende en gran medida de nuestro propio esfuerzo. Nos comprometemos de nuevo. Nos decidimos. Hacemos nuevos planes y establecemos nuevas intenciones. Y aunque la disciplina y la intencionalidad son importantes, hay momentos en los que lo que realmente necesitamos es mucho más profundo de lo que puede alcanzar nuestro propio esfuerzo. Momentos en los que hay que dirigirse al propio corazón. Cuando el espíritu que llevamos dentro se ha desviado por caminos que sólo Dios puede corregir.
David conocía la diferencia. Había intentado vivir a su manera y le había costado mucho. Así que se presentó ante Dios pidiendo no ayuda, sino transformación. No una pequeña ayuda, sino una obra totalmente nueva.
La gracia de esta historia es que Dios le recibió.
El hombre que había fracasado de forma tan visible, tan significativa, no fue rechazado cuando regresó. Dios no le recordó todo lo que había hecho ni le obligó a ganarse de nuevo su puesto. David acudió con sinceridad, pidiendo algo que sólo Dios podía darle, y Dios se reunió con él allí.
Esa misma gracia está hoy a tu disposición.
Si te encuentras en un lugar en el que las viejas pautas no funcionan y tu propio esfuerzo ha llegado a su límite, no es que estés desesperado. En realidad, es el principio de algo. Es el momento en que dejamos de intentar arreglarnos a nosotros mismos y empezamos a pedir a Dios que haga lo que sólo Él puede hacer.
Preséntate ante Él honestamente. Sin excusas. Sin un plan para hacerlo mejor por ti mismo. Sólo la petición sencilla y valiente que rezó David hace miles de años.
Crea en mí algo limpio, Dios. No puedo hacerlo sin ti.
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